|
Unas Fiestas
Navideñas de Rompe y Raja
Por: Darío Mejía
Melbourne, Australia
dariomejia999@yahoo.com.au
|
La celebración de las
fiestas navideñas ha ido cambiando con el correr de
los años. Si nuestro tradicionista Ricardo Palma ya
comentaba que las navidades de antes eran
diferentes, nosotros, después de muchísimos años,
podremos decir lo mismo de las navidades que pasaron
nuestros padres, abuelos, bisabuelos y demás
generaciones antiguas. Los nacimientos, por ejemplo,
ya no son lo mismo. |
 |
|
 |
Se cuenta que
antiguamente tanto casas como iglesias se esmeraban
por mostrar, cada uno, un nacimiento que era la
admiración de todos, al cual la gente acudía a
bendecir y adorar después de la Misa de Gallo que se
realizaba en las iglesias a la medianoche. Las
celebraciones por la navidad terminaban el 6 de
enero con la Bajada de Reyes, donde incluso hasta se
organizaban fiestas especiales para realizar la
ceremonia de Bajada de Reyes. |
Hoy en día, muchas de las iglesias organizan su Misa de
Gallo a cualquier hora y ya, casi, ha desaparecido esa
ceremonia especial de la Bajada de Reyes que organizaba cada
hogar para guardar el nacimiento hasta la próxima navidad.
Es por ello que recurriendo al relato de unas fiestas
navideñas de inicios del siglo XX, narrado por ese gran
cronista que tuvo el diario El Comercio, Eudocio Carrera
Vergara, es que les hago llegar una historia vivida por esos
chicos "terribles" que integraban la famosa "Palizada".
Ya anteriormente, en varias ocasiones, he nombrado a la
famosa "Peña Horadada" o "Piedra del Diablo" como también la
conocen los barrioaltinos. La celebración ésta se realizó en
una de las casas de la Calle Peña Horadada que, para que
estén mejor orientados y se puedan imaginar mejor los
acontecimientos, les recordaré que la "Peña Horadada" está
localizada en la esquina de los Jirones Junín y Cangallo en
los Barrios Altos. Como antiguamente cada calle o cuadra de
Lima tenía una denominación individual, la Calle Peña
Horadada está en el Jr. Junín entre el Jr. Huanta (Plaza
Italia) y el Jr. Cangallo, siendo la calle de la izquierda,
del Jr. Cangallo, la famosa Calle Suspiro, lugar que aún
conserva callejones que son un barrio dentro del mismo
barrio, y la de la derecha es la Calle Rastro de la
Huaquilla. Subiendo por el Jr. Junín y colindante con la
Calle Peña Horadada está la Calle del Carmen Bajo que
también fue testigo de numerosas veladas y jaranas criollas
donde solían reunirse los criollos de antaño.
Para quienes no sepan, o no recuerden, el origen del hueco
en la "Peña Horadada", les cuento que Ricardo Palma en una
de sus tradiciones contó que durante la colonia el diablo
estaba merodeando y haciendo sus "diabluras" en los Barrios
Altos cuando, caminando muy campante por el Jr. Junín, se
encontró con que por el Jr. Junín venía la Procesión de la
Virgen del Carmen y por el Jr. Cangallo, de la Calle Rastro
de la Huaquilla (donde hoy se encuentra la Maternidad de
Lima), venía la procesión del Señor de los Milagros. El
diablo se quedó paralizado ante tamaña demostración de fe y
devoción religiosa de los limeños para sus Patrones, el
Señor de los Milagros y la Virgen del Carmen, y
encontrándose parado en la esquina del Jr. Junín con el Jr.
Cangallo y no sabiendo que hacer, se da cuenta que tenía a
su lado una peña grande que nunca había podido ser removida
de su sitio, así que le hace un hueco a la peña y por allí
se escapa hacia la otra calle. Una vez en la otra calle, el
diablo, aliviado, lanzó un suspiro fenomenal que todo Lima
pudo escucharlo. Desde allí las calles aquellas quedaron
bautizadas, una como la Calle Peña Horadada y la otra como
la Calle Suspiro.
En la Calle Peña Horadada vivió desde finales del siglo XIX
una familia muy estimada y conocida por su alegría y
predisposición a toda celebración donde siempre había mucho
canto y baile. La casa de la familia aquella tenía una
ventana grande de reja a la calle y la familia estaba
compuesta por una señora viuda y cuatro hijos, un hombre y
tres mujeres, todos jóvenes pero ya mayores de edad.
Doña Catalina, o "Catita" como también la llamaban, era una
mujer cincuentona de buenas carnes y guapetonaza por sus
cuatro costados. Gran aficionada al baile y el canto cuyo
esposo había sido un militar que falleció en la Guerra del
Pacífico y que pasado el luto, religioso, decidió reanudar
los compromisos sociales en su casa donde, no se sabe como,
apareció como amigo y compadre de la familia el famoso
Fernando Soria "El Cojo Soria", gran jaranista, bohemio y
criollo integrante de ese grupo llamado "La Palizada".
Gracias al Cojo Soria, los festejos en la casa de Doña
Catalina fueron alborotadores y hasta endemoniados,
concurriendo todos sus amigos bohemios entre los cuales se
encontraban Pepe Ezeta y el gran pianista Palací, a quien
conocían con el apelativo de "Diablo Músico".
Un día a Doña Catalina se le dio por querer armar un
nacimiento que causara sensación y llamara la atención de
todos; para lo cual decidió que el mejor lugar era la
ventana con vista a la calle. El nacimiento fue armado con
tanto gusto y perfección que cuando fue expuesto al público,
la casa se llenó de gente. Conforme pasaron los años el
nacimiento de la Calle Peña Horadada alcanzó tal auge que,
durante las dos semanas de su duración, no se hablaba de
otra cosa en Lima; lo mismo que de las grandes fiestas que
se armaban en la casa aquella por tal motivo.
Eran los inicios del siglo XX y el luto ya estaba hecho
trizas de tanta fiesta, pero era navidad y después de acudir
a la Misa de Gallo en la Iglesia del Carmen, todo el
vecindario de los Barrios Altos acudió a ver el nacimiento
de Doña Catalina que era de lo bueno lo mejor. Se quemaron
sartas de cohetes y a los niños que cantaron villancicos se
les regaló galletas y caramelos; y para los que estaban
adentro hubo bocaditos. ¿Después? ¡Ni qué decirlo!
Se brindó y una vez calentado el cuerpo, el terreno ya
estaba preparado para el bailongo de cajón con cuadrillas,
valses, polcas, mazurcas y marineras hasta que el astro rey
asomó por sus balcones. Para recibir el Año Nuevo hubo otra
amanecida igualita y al día siguiente ya se empezaba con los
preparativos para la Bajada de Reyes del 6 de enero.
¡María Santísima! Esto si que era monstruoso. ¡Qué manera de
prepararse la de esta santa familia! Todo lo quería y todo
parecíale poco. Los seis días que faltaban eran escasos para
ejecutar el programa ya trazado. Doña Catalina, eximia
culinaria, tenía ya pensado los platos que debían prepararse
y sus hijas se encargaban del arreglo del salón y limpieza
de la vajilla. La música correría por parte de los amigos, y
Soria, que ya habíalo previsto, dijo: "Eso es de mi cuenta,
comadrita, y confíe en que la Banda que voy a traer hará
hasta bailar solitas a todas las figuras del Misterio por
más santas que parezcan, y mucho me temo que no se queden
atrás San José y la Virgen".
Faltaban dos días para la celebración y Doña Catalina
comentaba que solamente haría tamales, butifarras, mazamorra
morada y chicha porque no daba para más: "Y aunque quisiera
halagar mejor a mis amistades, me da pena no poder hacerlo,
porque si bien, voluntad me sobra, las fuerzas me faltan,
creánmelo. La Pascua y el Año Nuevo me han dejado deshecha,
y pienso que esta será la última Bajada de mi vida. Me
siento cansada y como si me estuviera entrando la vejez a la
deveras. ¡Alabado sea Dios!". El Cojo Soria que atento la
escuchaba le replicó: "¡Que vejez es esa, comadrita! ¡Si
estamos todavía en lo mejor de la vida, en la edad que todo
se hace más a conciencia, hasta el amor!"... "¿Qué es eso de
conciencia, compadrito, quiere Ud. explicármelo?",
preguntaba la viuda, con cierta dulzura. "Ya se lo diré a Ud.
a solas, -respondía el compadre, sin cojear- y cuando no nos
oigan las muchachas! (¡hum!); mientras tanto, siga Ud. con
sus tamales y mazamorra, sin pensar en lo que falta, que eso
corre también de mi cuenta. Por lo pronto le diré que he
mandado preparar donde el piurano Chunga una olla de arroz
con pato a la moda de su tierra para 30 personas y vendrán
de donde Quintana dos barrilitos de vino y uno de
aguardiente ¿alcanzará?". Doña Catalina era experta en hacer
aumentar la comida con lo que ella agregaba, dándole, de
paso, su toque final.
Y llegó el anhelado 6 de enero, la Pascua de Reyes que cayó
en día sábado. Gran laberinto en la casa, desde las primeras
horas. Varios amigos acudieron a hacer el mercado y cargar
la canasta grande con todos los ingredientes para la comida.
En la casa se sirvió el desayuno y, de pronto, apareció por
ahí una botella. Trago va y trago viene, se comenzó a
colocar la primera piedra de lo que podría llamarse
monumento báquico-santorum, que se estaba levantando,
llegando el avance a tal punto que si Doña Catalina no
esconde las botellas que habían quedado de la víspera, se
seguía de frente y quizás se pasaba más allá de los
cimientos. Así fue la furia del empuje que duró hasta las 3
de la tarde, hora del almuerzo, y después una siesta hasta
las 6 de la tarde.
Con el diente a medio picar, se salió en busca de otros
aires y hasta el Estrasburgo no se paró. A golpe de 9 de la
noche se preparó el retorno a la Peña Horadada con Pepe
Ezeta y otros criollos más que no se perdían una fiesta en
la casa de Doña Catalina.
La llegada a la casa fue de "agárrate y no te muevas". Ya
estaban allí los de la Banda y el pianista Mateíto Sánchez,
quien para esa noche había sido especialmente contratado por
la familia. La viuda, en cuanto vio entrar a Pepe,
elegantemente uniformado y con foete, y de quien había oído
contar muchas cositas todas pícaras y amorosas, parece que
se acordó de su esposo, y a poco exclamó un tanto alborotada
y entre dientes: "¡Ah, yo tengo que bailar una marinera con
este hombre, más que me coma". A eso de las 12 ya se habían
despedido los invitados de etiqueta y los curiosos que
invadían el patio, ya sólo con la familia y los de
confianza, fueron cerradas las puertas de calle para dar
comienzo a la solemne y pintoresca ceremonia de la Bajada
que, como saben los entendidos, consiste en coger a Sus
Majestades del cerro por donde caminan e irlos poniendo de
uno en uno y en hilera frente al pesebre sagrado para que
adoren al Hijo de Dios. Cada figura tenía sus padrinos que
eran los que la bajaban y dejaban su limosna en un plato.
Pepe Ezeta y el Cojo Soria ya habían hecho templar sus
guitarras a los de la Banda, y a la voz de aura surgió la
jarana como un coro de ángeles bajado del cielo, para que
con sus sones, hicieran que todos los presentes, a la voz de
"los tres reyes de oriente, chicha, vino y aguardiente",
saludaran también, al igual que éstos, al que llegó a ser
Redentor del Mundo.
En la sala, Pepe invitó a Doña Catalina a un baile y la
guapa viuda que, sin dudarlo, no quería otra cosa, salió a
los medios en actitud combativa. Ya es sabido como bailaba
el gran Pepe Ezeta, ese que fue Rector de la Universidad
limeña jaranera. Ante una de las embestidas dominadoras del
maestro, la alegre viuda tuvo que soltarse y hacer
filigranas con los pies, y una moviditas de algo de lo más
arriba de éstos, a fin de no dejarse y poder salir ilesa del
entrevero alevoso y jaranístico, que amenazábala, y ¡cómo
sería la cosa! que Rosita, una de las hijas de la viuda, no
pudo menos que exclamar: "¡Que te está viendo el Niño Dios,
mamacita!"; contestándole ésta, en medio de su sofoco y sin
perder el meneo endemoniado de la fuga: "Deja, hija,
defenderme de este gallo, que militar tenía que ser como el
bandido de tu padre". Entre los bailadores hubo al final
piropos recíprocos hasta con sus torciditas de ojos (no los
vió el compadre, felizmente); siendo necesario hasta chicha
morada refrescante para bajar el termómetro, subido al 40 en
esos momentos de puro gozo y ardor inigualados.
La jarana continuó y dieron las 8 de la mañana y nadie se
movía de sus asientos, lo que obligó a la dueña a servir el
desayuno. Luego de un desayuno reparador, se continuó la
nueva batalla que, al paso que se iba, amenazaba ser todo un
hasta el último cartucho. Y así ocurrió por la gracia de
Dios Padre Todopoderoso. ¡Qué furia y qué aguante, Dios de
los ejércitos! No le tenían miedo ni al juicio final.
¡Naturalmente! ¡Si veían delante de ellos una divinidad tan
hermosa y celestial cual debió ser la de Jesucristo recién
nacido!...
¡Qué tales Fiestas Navideñas las de antaño!. Como dice
Laureano Martínez Smart en su vals "Lima de Antaño":
"...Lima de antaño si no quieren recordarte / tierra querida
yo siempre te cantaré".
P.D.
Relato extraído del libro "La Lima Criolla de 1900" de
Eudocio Carrera Vergara, edición corregida y aumentada, Lima
1954.
|